Durante 2025 las importaciones de alimentos y bebidas treparon a casi 2.300 millones de dólares, un salto superior al 50% frente al año anterior, aunque en el primer semestre de 2026 la tendencia se moderó con una caída del 2,6% interanual, según datos de COPAL.
Buena parte de ese crecimiento corresponde a insumos y materias primas —cacao, café, determinadas frutas— que la industria argentina compra afuera para fabricar localmente, en un sector que mantiene una balanza comercial ampliamente favorable: por cada dólar que importa, exporta unos 15. Pero también aumentaron los alimentos terminados que llegan directo a la góndola, que ya representan cerca del 10% de la oferta total —aunque apenas el 3% de las ventas en algunas grandes cadenas—, con mayor presencia en lácteos, embutidos, atún, cápsulas de café, papas de tubo y fideos instantáneos, en línea con el regreso de marcas extranjeras que ya se venía observando en otros rubros.
El impacto en los precios es todavía dispar: en rubros como los fideos, la mayor competencia ayudó a contener valores, pero muchos importados que ingresaron con precios agresivos hoy ya cuestan más que sus equivalentes nacionales y funcionan como una opción adicional más que como alternativa más barata. El fenómeno responde a una política deliberada de apertura del Gobierno, que simplificó controles sanitarios, reconoció certificaciones internacionales y facilitó el acceso al mercado de cambios para los importadores.
El nuevo escenario plantea un desafío particular para las pymes argentinas, que deben competir con estructuras de costos muy distintas mientras afrontan salarios, impuestos, energía, logística y regulaciones locales.
