El cobre se perfila como la gran oportunidad minera de Argentina: con enormes recursos aún sin explotar en la Cordillera, algunos ya comparan su potencial con el de Vaca Muerta, y las proyecciones privadas estiman exportaciones mineras superiores a US$ 35.000 millones hacia 2035.
El metal se volvió indispensable para la transición energética y la economía digital: está presente en redes eléctricas, parques solares y eólicos, sistemas de almacenamiento, centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial, y un auto eléctrico utiliza entre cuatro y seis veces más cobre que uno convencional. Se calcula que hacia 2050 la demanda mundial será 70% superior a la actual, pero abrir una mina demanda años de exploración, estudios de factibilidad, permisos, financiamiento e infraestructura.
Argentina, paradójicamente, tiene cobre pero hoy prácticamente no participa del mercado: dejó de producirlo a gran escala tras el cierre de Bajo de la Alumbrera, en Catamarca, en 2018. Existen sin embargo varios proyectos de gran tamaño en distintas etapas de desarrollo en San Juan, Catamarca, Salta y Mendoza, provincia que aprobó en 2024 las declaraciones de impacto ambiental para iniciar la exploración en Malargüe.
La minería ya crece incluso sin el aporte del cobre: en el primer semestre de 2026 las exportaciones mineras alcanzaron los US$ 4.742 millones, un récord para ese período impulsado por el oro, el litio y la plata. Las proyecciones privadas hablan de cerca de US$ 10.000 millones para este año, US$ 18.500 millones en 2030 y más de US$ 35.000 millones en 2035, una escala comparable al salto que dio la energía con Vaca Muerta. Para llegar hasta ahí, sin embargo, no alcanza con tener el mineral bajo tierra: se necesitan grandes inversiones, rutas, energía, agua, estabilidad regulatoria y años de construcción.
